Isabel era una mujer alta y guapa. Tenía dos hijos preciosos y un marido guapo y apuesto. Se había criado en una familia de empresarios multimillonarios, y gracias a eso desde muy pequeña había podido cumplir su sueño: ser cantante. Lo tenía todo. Solo hacía falta mirar una foto familiar para ver lo felices que eran. Lástima que muriera.
Pero la realidad era que tenían una vida penosa. Ella se pasaba los años viajando, saliendo y embriagándose, y su marido, David, acostándose con todas las mujeres posibles en la ausencia de su mujer. Los niños, Cristina y Lucas, estaban siempre con la niñera, una chica de dieciocho años que había empezado a trabajar para poder pagarse la carrera, pero que al final el trabajo se había convertido en lo único que tenía. Su vida era un caos, pero nadie se daba cuenta. Para la prensa y los admiradores eran el ideal de familia a seguir. Eran perfectos, pero solo en la parte superficial.
Isabel estaba cansada de tantas infidelidades de su marido, de que sus hijos la trataran como a una desconocida cuando iba a casa, y de que su vida no pudiera ser la que aparecía en las portadas de las revistas, por lo que ingirió un bote entero de pastillas y se suicidó. O, por lo menos, eso es lo que dijeron los medios de comunicación. La verdad es que fue la niñera, Ana, quien la mató. Ana quería que los niños fueran solamente de ella y que la llamaran mamá, por lo que, cuando Isabel volvió a casa una noche, fue a hablar con ella. “Tus hijos te querrían si hubieras estado con ellos” fue lo último que se escuchó antes de que Isabel cayera de su silla, muerta por las pastillas que Ana le había puesto en la bebida.
Habían pasado diez años desde la muerte de su madre. Lucas tenía veinte años y las cosas le iban bastante mejor. Cuando su madre falleció, había estado triste, pero no le había afectado mucho ya que no la quería como él pensaba que había que querer a una madre. Sin embargo, sí que lo pasó mal cuando Ana murió. Se había vuelto loca, y llegó un punto en que no lo soportó más. Lucas había sufrido mucho a partir de ahí. Su padre seguía con su vida de bar en bar, de prostíbulo en prostíbulo. Y su hermana… ella no consiguió aguantar la presión y se metió en el mundo de las drogas con solo dieciséis años. Su mundo se había ido derrumbando poco a poco, toda su familia estaba muerta, o casi. No le quedaba nada, pero había aprendido a controlarlo. Por fin, estaba sacándose la carrera de medicina, tenía dinero para ser independiente, y había conocido a una chica que creía que cambiaría su vida por completo, Mía.
Y la cambió, ya lo creo que la cambió. Pero no como él creía.
Desde el día que empezó a salir con Mía comenzaron a ocurrir cosas extrañas. Objetos que cambiaban de lugar o desaparecían, sombras, ruidos, sensación de que alguien le seguía. Cosas que nunca le habían pasado antes pero a las que decidió no darle mucha importancia.
Lucas y Mía decidieron irse a vivir juntos. Una casa enorme en plena naturaleza, rodeada de árboles y con un lago a apenas veinte metros. Todo estaba siendo mágico para ellos. Encendieron la chimenea y abrieron una botella de champagne para brindar por un nuevo comienzo.
– Brindo por nosotros, por esta casa y por todo lo que nos queda por vivir aquí
–suspiró–. No me puedo creer que todo esto sea nuestro, Lucas, es tan… tan… ¡tan perfecto!
– Pues créetelo. Imagina cuando tengamos niños, correteando por… ¿Qué ha sido eso?
– ¡No se! Vamos a mirar, creo que ha sido en el salón.
Y allí estaban. Tiesas, transparentes, espectrales. ¿Buenas o malas? No sabía. Pero dos personas que habían muerto hacía ya diez años acababan de arrojar las cajas de la mudanza al suelo.
– No puede… no puede ser. E-e-e-esto debe ser un sueño o algo. ¡Mía pellízcame o algo por favor!
Lucas esperaba que dijeran algo como que le echaban de menos, que en ese lugar en el que se encontraban estaban bien, que fuera feliz, pero solo se escuchó una risa tan poco humana que daba escalofríos antes de que desaparecieran. Mía y Lucas se quedaron quietos, como dos estatuas, rígidos, mudos. No tenían ni idea de qué era lo que acababa de pasar.
– Dios... ¿Qué está pasando, Lucas? No entiendo nada. ¿Quiénes eran? ¿Qué eran?
– Eran… ¿mi madre y mi niñera? ¡Ay! No puede ser, es imposible.
– No se pero tengo mucho, mucho miedo –Mía comenzó a sollozar.
– Tranquila cariño, tranquila, ya verás como todo irá bien. Te quiero, ¿vale? Y voy a estar contigo siempre. No dejaré que te pase nada.
– Yo también te quie… ro.
– ¡Mía, Mía! ¿Qué te pasa? Oh, no, no, no, no. ¡Despierta, por favor!
Mía respiraba, pero no reaccionaba. En ese momento comenzaron a caer más cajas, los cristales estallaban, las puertas y ventanas se abrían y cerraban. Nada parecía ser normal. Lucas intentó coger el móvil para llamar a la ambulancia o a la policía, pero salió disparado por la ventana trasera.
– ¡Já! ¿Te creías que ibas a ser feliz con esa? –dijo Isabel.
– ¿Creías que íbamos a permitir que nos robara a nuestro chiquitín? –esta vez habló Ana.
– Sí… bastante tengo ya con compartirte con Ana, como para encima compartirte con… ¿Mía? ¿Pero qué nombre es ese? ¡por favor!
– Pero… pero ¿qué queréis de mi? Decidme, ¿qué queréis?
– Pues es fácil: queremos que no seas feliz con ninguna mujer. Excepto nosotras, claro.
– ¿Qué? Y se supone que me queríais, que erais mi familia. Nunca pensé que fuerais así. –se oyó un gran suspiro– Por favor, no le hagáis daño, por favor, no se lo merece.
– ¿Y crees que nosotras nos merecíamos estar muertas ahora? ¡NO! Pero así es la vida, cielo, tienes que afrontarlo.
–Está bien, está bien… haremos una cosa. Me matáis a mí y a ella la dejáis en paz. Me queréis a mí ¿no?
– Mmm… no es mal trato. Vale, vamos, cariño, prepárate, que vuelves con mamá.
– ¡Espera! Déjame llamar a la policía para que venga a ayudarla.
Lucas se dirigió al bolso de Mía y sacó su móvil. La verdad, no estaba muy seguro de lo que iba a hacer, haría cualquier cosa por ella, pero todo era tan desconcertante. ¡Ya ni siquiera podía fiarse del cadáver de su propia madre! Llamó a la policía. En veinte minutos estarían allí. Por lo que había estudiado en la universidad, podrían salvarla, estaban a tiempo. Antes de dejarse llevar por su madre y su niñera, a las que en diez minutos había conseguido odiarlas y detestarlas como nunca antes había hecho, se acerco a Mía, se agachó y la besó.
– Te amo. Siempre estaré aquí velando por ti.
Duró apenas unos segundos. Su alma desapareció.
– ¿Está bien, señorita?
– Eh, sí. Creo. ¿Qué ha....?
Mía giró la cabeza y vio a pocos metros de distancias el cuerpo inerte de Lucas. Sin vida. Estaba muerto y ella… ella se había salvado. Se sentía culpable casi sin saber por qué. Aún recordaba apenas lo que había pasado. Y lloró, y se torturó por no haber podido salvarle.
Ella, en su interior, sabía que algún día volvería a verlo. Y, quizá antes de lo que esperaba. A nadie se le ocurrió imaginar que meses después dos espíritus malvados la llevarían también a algún lugar bastante lejos de aquí.